Las horas derrochadas en vano

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Perder el tren, perder a un amigo, perder un proyecto; perder, perder, perder. Perder aquella oportunidad que no abrazaste, perder este amor que me quema, perder el tiempo que ya no volverá; perder, perder, perder. Se supone (dicen) que una de las claves para vivir una vida plena es aceptar la pérdida, dejar ir en paz aquello que amas, dejarlo estar. Ser un Buda, no atarte a nada (ni a nadie), ser un árbol que no llora la rama que se va. Y una mierda.

Pierde algo cada día. Acepta la angustia
de las llaves perdidas, de las horas derrochadas en vano.
El arte de perder se domina fácilmente.

Después entrénate en perder más lejos, en perder más rápido:
lugares y nombres, los sitios a los que pensabas viajar.
Ninguna de esas pérdidas ocasionará el desastre.

La maravillosa poeta Elisabeth Bishop dice que el arte de perder es coser y cantar, cosita fácil porque ninguna pérdida ocasionará el desastre. Perder la fe, perder la guita, perder este hambre de hambre; perder, perder, perder. Y sigue Yoda, como un sacerdote hablando de amor, con eso de que “llorarlos no debes, añorarlos tampoco. El apego a los celos conduce, la negra sombra de la codicia es”. En términos parecidos habla Natalia Junquera en El País: “A menudo, para poner algo en su sitio es necesario perderlo. Es, al romperse una pareja, cuando una de las partes se da cuenta de lo mucho que quería a la otra y lo poco que hizo para conservarla; en invierno cuando más se echa de menos el verano; en el interior cuando más falta el mar”.

No te apegues a las cosas, no sufras por cada pérdida. Me sé a pie juntillas la cantinela ascética pero es que yo quiero sufrir, cantar, vivir, llorar y amar. Que me duela. Caer hasta lo más hondo y, si encuentro las fuerzas (sé que las encontraré) prender la candela y llenar el mundo, como Chavela, de flores y música.