Cosas caras y cosas baratas

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Cosas tan baratas como valiosísimas: sin ir más lejos la cantidad de mensajes bonitos que me habéis hecho llegar en torno a aquel Calderilla. Qué poco cuesta un mensaje y qué de felicidad es capaz de generar, ¿verdad? Como una enredadera de cosas bonitas, como una turbina emocional. Por eso, ante la duda, hay que mandar ese mensaje (¡mándalo!). La cuestión, que estos días (andaba en Oviedo, me volvió a tocar ser jurado de los World Cheese Awards: la vida es extrañísima y maravillosa a veces) he estado pensado en cosas caras y cosas baratas. Así a lo bestia. Y es que qué confundidos estamos a veces con lo barato y con lo caro.

Cosas caras, indecentemente caras pa lo que son: volar en Ryanair, poliéster en marcas fetén, el cava barato, tanto tiempo perdido hablando de dinero (qué peñazo la gente con el dinero en la boca). Cada minuto que pasas en compromisos que en realidad no te apetecen (cada segundo perdido ahí cuesta un trillón), las colas en el bufé del desayuno, esos patanes incapaces de devolver un sencillo “buenos días”, esta ley del mínimo esfuerzo. Presumir de entereza (dudo mucho de quien no se rompe), los libros de autoayuda (no, si lo sueñas muy fuerte no pasará), el mal gusto, la tacañería, pasar de puntillas por la vida: eso sí nos saldrá caro.

Cosas baratas, baratísimas —que rozan el regalo. El mejor queso del mundo (que es de Jaén), pan recién hecho, pasear frente al mar A poqueta nit (una expresión bellísima que aprendí esta semana que define ese atardecer cortito que da paso a la noche: capvespre, en començar la nit després de post el sol). El clamor de los bosques, un jersey de cashmere, las velas de Paula González o el magisterio de Abel Valverde en sala, que ha vuelto a Madrid. La poesía de Vicente Gallego (“Y he sentido un mareo de atropellados siglos / de lunas y de soles sin nosotros”), el cine de Robert Rossen, los abrazos de verdad: largos como un invierno. Esos que casi duelen. El café en la Moka de mamá cuando vuelvo al campo, saber que Laura duerme esta mañana con mil mañanas dentro, intuir su alegría. Lo demás es calderilla.