Calma

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Hay personas que te calman. Lo pensé el otro día cuando hablamos con J. —lo vi consumido y gris, su mirada una vereda infinita de nudos, guijarros y puertas cerradas. Cómo duele el dolor de quien quieres y cómo duele la certeza de que esas puertas solo las puede abrir una persona: él. Su sombra proyecta una sombra sobre los demás pero no lo ve, nada puede hacerse cuando no ves.

Hay personas que te calman y me pasa lo mismo con algunos objetos, libros, alguna película y poquísimos perfumes: un sillón que nada más verlo te inunda una sensación de familiaridad (¿cómo puede ser?) y cuando pasas la mano sobre el algodón caes en que tiene la textura exacta (perfecta) de las cosas que abrigan pero no ahogan, y te acomodas —el tiempo se para— y te inunda una calidez que sencillamente hace tu vida mejor, más suave. En ese preciso momento sabes que es tu sofá (porque lo sabes) e intuyes un millón de noches recostado en él viendo series tontas o en mitad de una guerra pero ahí, porque es tu sofá. Sentí algo parecido con Los puentes de Madison, quizá sea culpa de la voz de Dinah Washington o quizá es cosa de Does Eyes, el cierre más bello y más triste del mundo. Yo intuyo que a Francesca le calmaba Robert Kincaid; la suya una paz vestida de sensualidad pero él es la manta en la que ella quiere pasar el invierno, todos los inviernos. Me pasó exactamente lo mismo con el olor de la piel de Laura la primera vez que la sentí aquella noche en Barquillo, era un olor cobijado ya en la memoria. La sensación no fue de descubrimiento: fue de reconocimiento. Desde entonces es mi casa.

Me pasa con mis mejores amigos, que me calman. Que son capaces sin hacer nada (ahí está el milagro, que no tienen que hacer sino simplemente ser) de envolverme en un tempo exacto, son una tarde de marzo en una terraza frente al mar: nada puede salir mal si están cerca. Pero no hay verso sin reverso y por eso este escenario también lo habitan personas que te estresan y te angustian, que absorben tu energía y tu calor; espectros emocionales con el dudoso talento de cortarte el rollo, apagar la música y sentarte porque sí en el banquillo del acusado: “tú deberías”. Yo no debería, perdona. Y juzgarán cada paso, se empañarán los cristales y verán cada logro como una molestia, porque lo es. Y no habrá belleza porque no puede haberla sin armonía.

Uno podría pensar que la vida consiste en buscar con ahínco a los primeros, pero no es tan fácil. Nunca lo es. Es dificilísimo entenderlo pero el único camino es cortar lazos, la brújula (siempre) apuntando al corazón y fajarse en el más complejo de los gestos: saber decir que no —infinitamente más valioso que saber decir que sí. Es que no nos queda tiempo y el que nos queda no podemos perderlo con chirlas, Laura tiene una forma bastante más clara de expresarlo: “yo ya no estoy para mierdas”. 

Invertir tan solo en cosas que te envuelvan, personas calentitas y momentos de calma. Respirar hondo, tener paciencia y tratar de escuchar (bien pegado el oído a la vida) la melodía en mitad de este ruido que no cesa; recuerdo ahora aquella pregunta en el Consultorio, “¿Y si no llega?”

¿Y si sí?