Una bolsa con alianzas

No hablo mucho de mi hermana pero quiero muchísimo a mi hermana, supongo que ya sabéis de lo que estoy hablando. Que manía tenemos todos con hablar de más de lo que importa menos, con este perder el tiempo (yo temo tanto arrepentirme...) y plantar lo urgente dos pasos por delante de lo importante; presumo mucho de aquello de Tamarit, “el ayer nos espera en el mañana, va siempre más deprisa que nosotros” pero cómo cuesta bajarse del tren de lo trivial.

Maria José trabaja en quirófano en el Hospital General y este mes debe estar viviendo un infierno; la trasladaron a la Unidad de Cuidados Intensivos nada más arrancar la pandemia y ese mismo día decidió aislarse en casa de mi madre (que está en el campo) para evitar un posible contagio a su marido y sus hijos. Así que tras las jornadas eternas, los llantos y los muertos llega a una casa que no es la suya a una cama que no es la suya, dice que solo necesita un espacio donde descansar; ella siempre fue la 'fuerte' pero su voz suena diferente estos días. Está rota.

La historia que nos contó este miércoles se me ha quedado grabada y desde entonces no puedo olvidar una imagen; terrible, cotidiana en su día a día y que intuyo no podrá olvidar nunca. Los positivos por Coronavirus están en planta, cada uno en su cama con las cosas que llevaron al hospital: ropa cómoda, una muda, el móvil y un cargador, su cartera y su alianza; una tos seca agarrada a la garganta, décimas de fiebre y todo el miedo del mundo. Cuando empeoran han de subirlos a la UCI a la espera de un respirador, y antes de eso, desvestirlos y prepararlos. A mi hermana se le rompió el hablar —y yo sigo con el nudo ahí en el pecho— cuando nos contó que el momento más duro es pedirles la alianza. Cómo la miran desde el pánico; la mirada marchita, el miedo más allá del miedo.

¿Y qué hacéis con sus cosas? “Las metemos en bolsitas de plástico y las dejamos a los pies de su cama”... cientos de bolsas perfectamente alineadas bajo sus camas. Cuando mueren, se les entrega a su familia con las cosas con las que el paciente entró hace tan solo unos días a urgencias —y hasta entonces (es complicado estas semanas, con las funerarias colapsadas) las alianzas sin dueño, trozos de metal desprovistos ya de poesía. Es terrible pensar que lo queda de nosotros es una bolsa de plástico con cuatro cosas: tu ropa de ese día (la ropa que eliges para ir al hospital) el móvil y un cargador, tu cartera y tu alianza. Pero no tiempo. Ni un día más para soñar, sentir o arrepentirse; ni un día más para decir te quiero.