Tengo miedo (y no pasa nada)

El miedo a vivir, que casi nunca tiene forma de zarpazo. Monstruos de papel. Incendios en la nieve, como en aquella canción de Love of Lesbian. El miedo, disfrazado de nada, fue una de las razones para cruzar la línea entre el sí o el no a eso que tantas veces había visto en las vidas de otros pero nunca en la mía. La terapia es para otros, no para mí; porque yo estoy bien. Pero es que tengo miedo.

El miedo sin forma, que da un canguelo de cojones porque no lo ves: pero está. Que no huele ni pesa, pero está. Hará cinco años de aquel pasito, y una de las cosas (son muchas) que no tuve más remedio que aprender es que casi todo está dentro, aquí dentro —y el miedo también. Y que es más fácil verlo fuera, como un Dementor del que puedes esconderte, ¿pero cómo te escondes si está dentro? Eso es: haciendo el imbécil fuera.

Estos días el miedo ha comenzado a formar parte de la conversación popular, cómo no estar aterrado ante esta película surrealista (no os perdáis Perfect Sense, por cierto) que nos ha tocado vivir. Nos levantamos cada día entre la incertidumbre (¿qué narices pasará?), la emoción y el acojone; la epidemia se ha extendido por más de 175 países y afecta a más de 700.000 personas, de las que más de 33.000 han perdido la vida. Es fácil, muy fácil, pensar que el miedo está perfectamente contenido en un virus con la forma del planeta donde huyó el Dr. Manhattan, y que cuando se vaya se irá el miedo. Plop. Fácil.

Nunca es tan fácil y aquí va otra enseñanza: más te vale aprender a convivir con los Dementores, la ansiedad y el desasosiego porque esas habitaciones las tienes en casa y porque, qué le vamos a hacer, te acompañarán siempre. Porque son parte de ti. Incendios en la nieve; que por cierto son bellísimos, ¿verdad?