Te perdono, pero

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A lo largo de tres años (hace diez) escribí una cosa más bien tirando a prescindible llamada Las reglas que, por cierto, ni siquiera me molesté en guardar. Para qué. No hace tanto me escribió un lector y me las mandó recopiladitas, maquetadas en una especie de diario y ahí dispuestas una tras otra, con mis tonterías surcando bandejas de entrada. En fin.

He vuelto a ellas (a una de ellas) esta semana hablando frente al mar de no recuerdo qué nadería, aquel mandamiento decía Todo lo que viene antes del pero no importa y os prometo que no recuerdo si fue cosa mía pero yo intuyo que no, porque años después se lo escuché decir a Jon Snow (el pecho frío) a su hermana Sansa en una charla un poco tal frente al Muro. La cosa a puntito de ponerse turbia, dragones con llamas azules surcando los cielos y pavos muy muertos pero vivos a cachos, una movida gorda. Rascando un poco he visto que (maldita sea) en los libros de George R. R. Martin era una soflama habitual de Ned Stark: Nothing someone says before the word 'but' really counts. Digo yo que lo vi en algún lado y lo hice mío. Laura me dice de tanto en tanto que, cuando recuerdo alguna anécdota en torno a una mesa, “me invento las cosas” y que “no fue así”: yo tiendo a encogerme de hombros, pido otra manzanilla y me escabullo en un ya clásico: “mi amor, soy escritor... ¿qué esperabas?”. Y chim pum.

La sentencia es tremenda, bellísima, insondable como las certezas que llegan hasta el fondo de uno mismo y ya se quedan ahí para siempre —en el refugio de las cosas que de verdad te definen. Todo lo que viene antes del pero no importa. La generosidad es otra de las banderas que exijo al otro porque si no das, si no te das, ¿qué? Quiere sin peros, reclama (esto es lo más importante) personas sin excusas porque tras cada justificación hay un millón de alfileres clavados en el corcho del egoísmo; te quiero, punto. Conquista planetas, dile que lo sientes (si es que lo sientes) y llega tarde a tu Domingo de Resurección, sin peros. Sal del camino, muda de piel como los caimanes, escribe poesía para nadie. Iba a hacerlo pero... ¿pero qué? Rómpete en mil pedazos, arde como una bengala y déjate caer bajito, hasta que el ruido del mundo sea una nota casi imperceptible.

Y perdona, sin peros.