Que nada cambie

Alberto y yo tenemos una tradición bonita que es volver a Alcossebre cada año —con una perseverancia y ganas de rutina milimétrica que casi raya el trastorno obsesivo compulsivo de quien salta de baldosa en bladosa por no pisar las líneas, como Jack Nicholson en Mejor, imposible… Queremos repetir el mismo restorán, la misma cala, el mismo supermercado, la misma casita de madera, el mismo playlist y las mismas mandangas en un imposible metafísico que es que nada cambie.

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