Que nada cambie

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Alberto y yo tenemos una tradición bonita que es volver a Alcossebre cada año —con una perseverancia y ganas de rutina milimétrica que casi raya el trastorno obsesivo compulsivo de quien salta de baldosa en baldosa por no pisar las líneas, como Jack Nicholson en Mejor, imposible… Queremos repetir el mismo restorán, la misma cala, el mismo supermercado, la misma casita de madera, el mismo playlist y las mismas mandangas en un imposible metafísico que es que nada cambie.

La cuestión es que los dos sabemos (ambos escribimos sobre qué significa eso de vivir) que esto que pretendemos sencillamente no puede ser, pero digo yo que lo que intentamos es tensar la cuerda de lo posible, vacilarle al devenir de los cojones, no soltarnos nunca de aquella conga de Jeppino: “Las congas son bellas porque no van a ninguna parte”. Una de las conclusiones de este cónclave sin oyentes es que hace tiempo que decidimos (mira, como Jep) que ya no tenemos tiempo que dedicar a cosas por las que no merece la pena perder el tiempo: por eso dejo libros a medias y exactamente lo mismo me pasa con las canciones o las personas: ya no queda tiempo que perder, es que no queda. Y es cada vez más habitual volver a las películas que te emocionaron, releer más que leer, poner la plata en la casilla de lo confiable.

¿Pero qué hacemos entonces con lo nuevo? ¿Donde queda el vértigo en esta ecuación sin números? “Siempre hay ciudades y libros y músicas y películas a los que llegar por primera vez, que lo toman del todo por sorpresa, despertándole la limpia pasión de admirar y aprender. Entonces resulta que no haber leído algo todavía no es una deficiencia inconfesable, sino la oportunidad de una celebración. Un espejismo mezquino de la edad es suponer que el mundo está en decadencia porque uno ya no es joven. Un cierto grado de escepticismo es inevitable con el paso del tiempo, pero no hay nobleza en el cinismo. Que tú hayas perdido la capacidad de apreciarla no quiere decir que la belleza ya no exista”, leo este maravilloso texto de Muñoz Molina en el momento adecuado, como un estruendo de franqueza.

Quizá lo que sobra es todo lo demás: la mediocridad aceptada, el imperio de la mentira, el palique sin entrañas, la faltriquera de las cosas que (todavía) no has puesto bajo la lupa de la candela. La luz de este junio imposible ya asoma el hocico y yo solo quiero vivir pegadito a la fragua: a lo nuevo y a lo viejo. Al calor, a la belleza y el entusiasmo. Es que no nos queda tiempo.