Qué me renta

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Yo no conocía la expresión, diría que la primera vez que la escuché fue en aquella cena inolvidable en el porche (tan cinematográfico: parece un fotograma de Cuento de otoño de Éric Rohmer) de Sant Joan de Binissaida, en Es Castell. Bebíamos no recuerdo qué Borgoña y una de la hijas de Eva, mi editora, dijo como el que no quiere la cosa: “No me renta” y ese sencillo “no me renta” pasó a ser uno de los temas de la noche —que qué expresiones tan peculiares tienen las nuevas generaciones: a mí me encanta. Que debe ser perpetuo (atado al devenir del mundo) esto de no entendernos, pero no es verdad: claro que nos entendemos.

No me renta perder el tiempo ante la mala educación, sentarme en la mesa del tóxico, permanecer ajeno al ruido: ya no me callo ante lo que no. No me renta el discurso del señoro (las páginas de opinión de los diarios de siempre están llenas de su condescendencia y ese olor —no lo soporto— a habitación cerrada), hacer cola porque sí, hacer míos los conflictos del otro: tus mierdas son tuyas, colega. Yo ya tengo bastante con lo mío. Los perros con pedigrí (o sea, sus dueños) y tanta gente que viene pidiendo sin conocerte, sin ni siquiera ofrecerte un sencillo ‘Buenos días’. Te contesto, te sigo contestando, pero estoy pensando (cualquier día) dejar de hacerlo. Es que no me rentas. Cada día me renta un poquito menos hablar por teléfono (me aburre, me cansa, me molesta) y desde luego no me rentan las flores de plástico, la falta de coherencia, tanto cretino con el débil.

Lo que sí me renta es Menorca en otoño, el olor a humo de leña y los cantes por soleá de Fernanda de Utrera. La cursilería sin excusas y llorar sin medirme —esto me sigue costando; qué rabia esta coraza heredada, cómo cuesta (a mí, una vida) arrancármela a jirones. Me renta cada gesto de amor de un amigo (ayer mismo, una sencilla fotografía por Telegram me hizo el hombre más feliz del mundo), el ámbar y el yodo (ese tiempo detenido en el tiempo) del fino La Barajuela desde el pago de Carrascal. Me renta muchísimo Nightswimming de R.E.M, La colle noire de Christian Dior (era su casa en la Provenza, pero también un perfume que huele a jazmín y a besos lentos) y la luz tostada de estos atardeceres frente al mar. La fotografía en el cine de Luca Guadagnino y aquel mandamiento de John Keats: “una cosa bella es un placer eterno”. El cuello de Laura. Me rentan las personas de verdad, un vestido bonito, este todo por hacer. Es que está todo por hacer.