Positivo

El positivo llegó por SMS un domingo por la mañana, un mensaje sin mucha poesía: “El resultado de su PCR es: POSITIVO”. Ni rastro de ganas de lamentos con la que está cayendo, con tantas alianzas sin dueño —no va de eso esta carta. La fiebre terminó, los días pasaron, llegaron otros síntomas, la vida se hizo pequeñita y mis rutinas (bellísimas a estas alturas de mi vida) casi una melodía imperceptible. Cuando uno se limita a hacer lo que tiene que hacer a veces olvida por qué hace las cosas.

Pasaron las semanas, me ajusté (nos ajustamos) a los protocolos de vuelta a la normalidad y las cosas se fueron recolocando, pero no igual: nada es igual. Todo sigue donde estaba (las caras, los lugares y las querencias) pero una nube finísima de tristeza se ha posado sobre las horas, el desánimo es una estación que solo sucede dentro. Sé que no debo hacer planes pero cómo cuesta moverse sin swing, cómo cuesta encontrar el compás sin alegría.

Nos refugiamos en los libros (siempre lo hago) y en un puñado de fotogramas, qué bonita es Wolfwalkers. Yo siempre pensé que las respuestas estaban más cerca de las cosas que de las personas. Miro a Laura. Recuerdo dos páginas (95 y 96) de uno de los cómics de mi vida: se llama Píldoras Azules. Frederik conoce a Cati y en un momento bellísimo ella le pregunta “¿Por qué estás conmigo?”.

“Porque eres la única persona con la que no estoy jugando / porque te planteas las preguntas acertadas y porque me haces soñar con un mundo ideal / me das la impresión de ser buena gente... y porque, al contrario de lo que crees, de todas las personas que conozco, eres la mejor dotada para la vida...”

Miro a Laura, su manera de estar en el mundo: posee ese don de iluminar cada estancia por la que pasa, posee ese don extrañísimo que es ver el mundo con los ojos llenos de entusiasmo: por eso el brillo que inunda sus pupilas. Ama el mar porque vive sin prisa y nunca dejó de andar porque lloviese. Está tan llena de ternura que quizá (yo estoy seguro) por eso se esconde. Nunca la he visto juzgar a nadie. Escribí esto hace poco más de cuatro años, tras la primera noche que pasamos juntos: “Esta mañana huele a ti. A tu luz, tus matices y tus tostados; huele a vértigo y a tantos rubores de adolescente (a estas alturas); huele a sexo e incendios, pero también a paz y a ternura —que, de verdad, no esperaba—. Ni rastro en este amanecer extraño del aroma del pasado que ya fue ni del mañana que hoy, en esta hora expatriada del resto del mundo, todavía se intuye difuso. Esta mañana solo huele a piel y a cobijo, a lo trivial y lo misterioso. Huele a deseo y almizcle, a la belleza de este instante que no ha sido, que está siendo”.

Cada día es elegir entre desánimo y entusiasmo, cada día nace el mundo.