Perdonar

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“Perdonar es viajar al pasado y volver sano y salvo”

A veces (no pasa tanto) una frase se te clava en la memoria y en la piel, como un sudario antiguo, a mi me pasó esta semana con esta máxima de la doctora Marian Rojas, autora de Cómo hacer que te pasen cosas buenas. Se lo leí a Lupe de la Vallina, fotógrafa portentosa (sus retratos en El País Semanal o Jot Down ya forman parte de nuestra iconografía cultural) que además ha hecho mucho y bien por hablar sin tabús de la salud mental. La conocimos hace tiempo en una bonita tarde en Anyora. La luz blanca sobre las casas marineras del Cabanyal. No llevábamos máscaras.

“Perdonar es viajar al pasado y volver sano y salvo”. En todo el hueso, no hay esquiva posible a ese directo. Una de las cosas más complicadas (al menos para mí) de ese cavar muy dentro y muy hondo que es la terapia (psicoterapia psicoanalítica) fue, a lo largo de los primeros meses, tener que viajar al pasado, volver atrás, escarbar en la memoria. ¿Para qué? Mis problemas eran aquí y ahora, no entonces, mi infancia (o eso pensaba yo) era un territorio inocente, una balsa de aceite, una historia casi hasta aburrida de tanto tópico. Fui un niño feliz. ¿Para qué volver entonces a aquellos años? La primera alerta fue obvia: buena parte de lo vivido está borroso, sigue borroso y a veces me siento un arqueólogo con un pincel, soplando con cariño el polvo que cubre piedras de antaño. Esas piedras son mi vida. Repaso ahora las notas de aquellas primeras sesiones —diría que septiembre de dos mil quince: “Miedo, huida, inaccesibilidad, abandono”. Una casa vacía, un lago helado, un morirse pa dentro.

Volver al pasado fue (está siendo) un viaje lento, celofán en los pies, navegar sin brújula. “Perdió el tiempo sus relojes”, escribió Umbral muerto su hijo. A veces (cada vez menos) me sigo preguntando para qué este rescatar lo que ya no es. Para vivir. Junto piezas, colecciono trocitos de memoria, pido fotografías antiguas, pregunto sin descanso, hasta el desaliento. “¿Por qué preguntas tanto, Jesús?” Porque quiero volver, necesito volver. Hace nada pasamos unos días con la hermana de mi madre, María; ¿cómo es posible querer a alguien que casi no conoces? Huele a casa, me siento a su lado: estoy a salvo. Este es el misterio. Y a veces (cuesta, pero pasa) sucede, que estoy allí —entonces, en el pasado— y les observo, a mi padre y a mi madre. Sus miedos, sus porqués, sus temporales, su belleza. Y vuelvo sano y salvo.