Perder el compás

“El swing es cuando varias cosas buenas se juntan y te hacen marcar el ritmo con el pie”, Count Basie

En la jerga flamenca el compás es el patrón rítmico o la métrica sobre la que se construyen los palos (algo así como la estructura invisible sobre la que nace la música: los cimientos tras la emoción) pero en realidad es más, mucho más; el compás es la armonía de la vida, alquimia callada, ecuación sin cifras. Como esos momentos en los que sencillamente todo encaja, cadencia majestuosa, suena la música en tu vida (con todos sus peros, pero escuchas cada tañido y las notas van cayendo sobre tu biografía, dibujando una canción que solo puedes entender cuando ya ha sonado —qué pena llegar siempre tarde al repaso). Qué bien lo cuenta Rafael de Paula, “se torea a compás, como se baila y se canta, a compás, pero también como se vive, o ha de vivirse, a compás”.

El compás es el swing —el flamenco y el jazz, tan lejos y tan cerca— vivir pegadito a la melodía, la mano bajita, el corazón atento a cada regalo: cada día es un regalo si sabes verlo. Pero... ¿qué hacer cuando la música, sencillamente, no suena? ¿cómo se vive cuando has perdido el compás? No tengo una respuesta (cómo iba a tenerla) pero sí una pizca de intuición, un breviario de saldo ante este apagón inesperado. Riega las plantas, abre esa libreta, escribe; baja la cabeza (no pasa nada) un pie tras el otro, vuelve a intentarlo. Lávate la cara (el agua fría sobre el desaliento), una sudadera vieja cobijando el pijama: tu segunda piel, date una vuelta por el barrio; apaga la tele, abraza el silencio, permítete caer. Vuelve a los libros que te emocionaron, mira por la ventana, escucha Omar se muere, deja que cada uno viva su vida como quiera (no hay tiempo para más). Vuelve a caer, ten la certeza de que esto pasará cien (mil) veces, un pie tras el otro. Asómate al espejo, si lo haces con ternura entenderás que todo está ahí: miedo, rencor, tristeza, melancolía y esperanza. Siente el frío, mira bien dentro, escucha la música.