Mojarse

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“La gente a menudo asume que algunas de mis fotografías se crean con grandes equipos de producción, decorados y efectos especiales; nada más lejos de la realidad, la mayoría de las veces (como en esta ocasión) tan solo soy yo, mi cámara y un paraguas”. Me impactó muchísimo esta declaración de uno de mis fotógrafos favoritos, su nombre es Greg Williams, su mejor amigo es Tom Hardy y su boda entra de lleno en mi panteón particular de las bodas a las que no hubiese dicho que no — es que no he ido a más de cuatro bodas en toda mi vida. Menuda party debió ser (también os digo que en la nuestra no lo pasaron mal) pero no he venido a hablar hoy de nupcias.

Me encuentro de lleno con la imagen en el Instagram del fotógrafo de la mano de otro fotógrafo, Borja de la Lama. “Yo, mi cámara y un paraguas”. Me dejan exhausto (como los buenos libros, como las buenas historias) esa esencialidad y ese compromiso absoluto con la obra, ese no buscar atajos. Esta es la fotografía que tomó Greg en esa sesión: esa mirada donde caben planetas no se consigue con ningún filtro, no hay postproducción capaz de erizar la piel, de mover el mundo.

Pienso mucho en esa sesión y en esa manera de entender la vida, porque esto no va solo de hacer fotografías. Pienso mucho, insisto, en que da igual si escribes, diseñas, formas a profesionales, construyes edificios o vendes calcetines: no hay atajos. Greg podría haber conseguido una foto similar en una piscina climatizada que reprodujese exactamente las condiciones de luz que él tenía en la cabeza o pedir que lo hiciese su ayudante (“yo dirijo”) pero entonces se hubiese perdido las texturas, el frío, la incertidumbre. La vida. Me recuerda un poco a la liturgia de los grandes boxeadores: creer, crecer y pelear. No doblegarse nunca, seguir mirando de frente; “los ganadores son simplemente aquellos que están dispuestos a hacer cosas que no harán los perdedores”, se lo dice Clint Eastwood a Hilary Swank en una de las películas de mi vida, Million Dollar Baby.

Romperse muy dentro, vivir sin coraza, llegar hasta el final, mirar de frente, mojarte hasta los huesos. Asumir esta certeza: no hay atajos.