Mi patria

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Hace tan solo unos días una persona que admiro deslizó una frase que todavía sigue aquí, no hay manera de olvidarla: “he perdido un año de mi vida”. Es cierto, no falta tanto para que se cumpla un año del comienzo-de-todo, un año también del alumbramiento de estas cartas. En la primera, Tengo miedo (y no pasa nada), la pandemia ya se había extendido y afectaba a más de 700.000 personas, hoy son (somos) 111 millones en todo el mundo. Mi hermana, en primera línea de la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital General, me desliza que ya no pueden más. El desencanto ha tomado las playas de nuestra alegría y hasta el cielo tiene un matiz diferente.

Vuelvo a la confesión, “he perdido un año de mi vida”. Me niego a firmarlo, no quiero. Lo comento con Ana en su programa de radio: quizá es momento de un folio en blanco, trazar una línea y fajar dos columnas, lo que he perdido y lo que he ganado. Las cosas claras y el dolor a la verita de la candela, es que siempre van juntos. Siempre. Un año después he perdido decenas de viajes, visitas a restaurantes, ratitos de su mano en el aeropuerto (me encanta ese tiempo suspendido: tan de nadie) y conversaciones eternas con personas inspiradoras —viéndolo en perspectiva, es una de las cosas que más amo de mi trabajo: conocer gente capaz de alumbrar la melancolía. No volví a Cádiz con mi madre, siento demasiado lejos a amigos que quiero (es imposible no pensarlo, ¿se estarán olvidando de mí?) y las secuelas físicas siguen aquí, todo cuesta más. Laura no termina de mejorar y cada paseo tranquilo es un escalada. El mar parece triste si ella lo está.

Y lo que he ganado: he aprendido a refugiarme en las cosas pequeñas, he visto cómo su valor crecía hasta mudar en gigantes: el café de cada mañana, el pan del artesano, la textura del limonero, la botella de vino sobre la mesa. Publiqué un libro y precisamente los libros han llenado de luz (es lo que hacen) y de esperanza hasta el último rincón de esta casa: nunca he leído tanto. He aprendido a confiar en lo que hago y a no esconder lo que siento, ya no regateo los te quiero (menos con mi madre: cómo me sigue costando y cómo duele esta certeza: sé que me arrepentiré de cada palabra no dicha). Siento, cuido y escribo desde aquí dentro. Mejor. Aprendí a mirar de frente al pasado y supe hacer mío el manifiesto de Cuartango: “Coge el día. Atrápalo. Abre los ojos y los oídos. Recuerda que ser coherente es mucho más importante que tener éxito. Permanece fiel a ti mismo. Y párate a distinguir las voces de los ecos”. Sé exactamente cuál es mi patria (mi gente, mi palabra y mis placeres: nada más), soy plenamente consciente de cada paso dado. Aprendí a pedir perdón.

Un año después, como cada primavera (yo ya intuyo su perfume) el frío partirá a un lugar lejano y la vida despertará, estallando en un millón de colores. No he perdido nada.