Hacer un Bergareche

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El libro de Jacobo Bergareche (Los días perfectos, editado por Asteroide) me encontró a mí porque yo soy de los que piensa que son los libros los que te encuentran, y no al revés. Fue un dieciocho de junio, lo recuerdo tan nítidamente porque me lo regaló Laura Riñón, capitana de esa librería que no es una librería, es un embajada del amor por la lectura; se llama Amapolas y luce palmito en la calle Pelayo. Me dijo: “toma, léelo anda”.

Yo estaba firmando ejemplares de Nada importa a la vera de Marta Fernández (que allí estaba con su No te enamores de cobardes) que escribe como piensa: por derecho. “Por derecho” es una expresión muy gaditana que no sé muy bien cómo traducir. Por deresho: alta la frente, la verdad como bandera, esconderse lo mínimo (también necesitamos, a veces, escondernos), mirar a la vida sin remilgos, vivir de frente, hacer lo correcto. Por derecho. Yo volví feliz (me la suda muchísimo sonar cursi: me derrito con cada firma de libros y tanto afecto al otro lado de la mesa) con el libro de Jacobo y un pan bajo el brazo; es que justo frente a Amapolas está La Magdalena de Proust. Lo empecé en el tren de vuelta al mar.

Laura lo leyó en verano, recuerdo verla pasear con él (yo sufro siempre contemplando esa escena... ¿y si se le cae? pero nunca se le cae) en la cala de Formentor. Le gustó mucho y hablamos en torno a la novela aquellos días que hoy resuenan lejanos, parece que ha pasado un siglo desde aquellos días de salitre y tiempo pa mí. Es lo que tienen los grandes libros —este lo es— que se te pegan a la piel y las entrañas, que te acompañan, que te consuelan. Acabó el verano, volvió el ciclón, llegaron otros autores. De vuelta a la romería de las cosas que hacer. Pero algo pasó la semana pasada.

Era un sábado por la tarde, habíamos cancelado un viaje (me arrepentí después: siempre es mejor ir) y paseábamos por el barrio, casitas de colores, el aire tostado en la república de Patacona. Nunca está el barrio tan bonito como en otoño, pantalones cortos y jersey por si refresca, en ese mix se esconde buena parte de lo que yo entiendo como un jodido paseo perfecto. Aquel lo fue. Las chanclas en las manos, pies en el agua y el horizonte un óleo entre el azul de Persia y un magenta bellísimo, como queriendo despedirse. Es el sol pirándose, como cada atardecer. En algún momento del paseo pensamos... “¿Y si nos bañamos?”. Dudamos mucho, el agua estaba templada pero no llevábamos toalla ni traje de baño... “¿Y qué?” (siempre, a estas alturas del año, cae un baño improvisado a media tarde) nos volvimos a casa y ella se quedó como triste. “¿Qué te pasa?”

“No quiero que pienses que ya no hacemos esas cosas, ni que me he vuelto aburrida... tendríamos que habernos bañado”. Yo no lo pensé, pero sí me pareció tierno el pensamiento: no dejarnos nunca abatir por la rutina. Para empezar creo que es imposible tratar de ser los que fuimos (la paradoja de Teseo: ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos) y es que además yo (la verdad) también encuentro belleza en la rutina. Me ha costado una vida llegar hasta ti, amor mío. Desde entonces, en casa, decimos 'hacer un Bergareche' cuando el camino se disfraza de encrucijada; y esta travesía, me temo, está llena de ellas. Hacer un Bergareche es bañarte pese al frío, pedir otra ronda y mandar al carajo tanto se supone qué. Hacer un Bergareche es apagar la alarma, comerle la boca, arrepentirte mañana.

Desde entonces Laura siempre baja a la playa con su bolsa color crema; dentro intuyo una toalla, dos trajes de baño y estas ganas de arañar tiempo al tiempo.