Fracaso

Esta carta forma parte de la suscripción gratuita a Nada importa. Si te gusta lo que lees (y crees de corazón que merece la pena) quizá decidas dar el salto a la suscripción de pago que incluye Claves para entender, mi reporte dominical donde cabe todo lo que me inspira y me emociona ❤️.

"Hablo con la autoridad que da el fracaso”, F. Scott Fitzgerald

Yo trataba de explicar a mi terapeuta una cierta sensación (el tema es lo de menos) de fracaso antes del fracaso. Era este yo que ya no se quiere callar nada, sentadito tranquilo en la silla de Ikea de su clínica más bien de nadie, frente a sus buenas intenciones: “Tengo la certeza de que fracasaré en esto, y me duele, y esta certeza me hace sentir incapaz, cansado y frágil. Pero aun así, voy a intentarlo. Porque no quiero resignarme. Pero si tengo que apostar, lo tengo clarísimo: no voy a poder”.

Ella rumió las palabras, me dijo que ese sentir sí tenía un nombre (siempre le pregunto si existe un nombre para cada conflicto, supongo que es mi primer gesto para entenderlos: nombrarlos) y ese nombre es indefensión aprendida: has fallado tantas veces en un propósito que hasta la última célula de tu cuerpo te grita bajito el resultado antes del partido: va a salir mal. “Ausencia de control sobre el resultado de una situación”, el experimento fue cosa de Martin Seligman a comienzos de los setenta en torno al comportamiento animal (descubrió que tras someter a un animal a descargas eléctricas sin posibilidad de escapar de ellas dicho animal terminaba por dejar de intentar escapar, incluso con la jaula abierta). Qué terrible imagen, ¿verdad? Sentado frente a la solución pero sin poder hacer nada porque ya ha aprendido a no luchar, a no moverse.

El principio de su teoría de la indefensión aprendida tiene un final aciago, impecable en su sencillez: la inacción, la vida yerma, el fracaso antes del fracaso. Pienso en todas las veces en las que me he sentido como ese animal frente a la puerta abierta, con plomos encadenados a los pies, el suelo pegajoso, la familiaridad (termina dando calor, a su manera) de este no hacer nada —qué remotamente lejano tan solo imaginar un paso. Hablamos, también, de que nada es permanente (solo una cosa lo es) que lo aprendido también se puede desaprender, que si podemos perdonar por qué no podemos mirar de nuevo, con otros ojos, cada centímetro de esta celda que cobija, pero no consuela. Respirar hondo, sentir esta primavera que ya alumbra las terrazas, intuir (como Ángel González) que “todo esto / que hoy es tierra dormida bajo el frío / será mañana, bajo el viento / trigo”, que no hay prisa para levantarse y que no hay más tiempo que el tuyo. Es que no lo hay. Caen las hojas del calendario y el sol ya abrasa los almendros. Tantos sueños por cumplir.