Este frío que no duele

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Semana de estremecimientos, es este septiembre de un Madrid bellísimo que se viste de los primeros fríos (qué ganas tenía), arrebatos y malvas, como en aquella Parma de Marcel Proust: “…compacta, lisa, malva y suave…”, porque una ciudad puede tener color y puede tener textura —pero Madrid no es suave ni maldita la falta que hace. Laura es dulce y del color del océano, un azul cobalto infinito; Cañada es terroso, como la cubierta gastada de un libro antiguo, y yo casi siempre lo imagino del color del sol sobre la piedra a media tarde. Nunca lo había hecho, pero creo que voy a dedicar un rato a pensar de qué color es cada persona que quiero.

La semana pasada fue mi primera Feria del Libro de Madrid pero llega hasta aquí la emoción, hasta este ahora no tan lejano en el tiempo; ya intuyo que no olvidaré nunca aquella mañana, en parte por el canguelo (estaba acojonado, ¿y si nadie venía a verme?) en parte por este síndrome del impostor que no se pira de casa. Laura hizo muy bien negándome el taxi, “mejor un paseo hasta el Retiro” y en ese paseo por las calles de siempre (Barquillo, Almirante, Recoletos, Conde de Aranda, Alcalá) se coló un mundo entero. Y donde había ansiedad ya solo había calma y para cuando llegamos hasta la caseta 235 de Círculo de Tiza en realidad ya estaba el día hecho; pensé entonces que solo me quedaba vivir aquello con la alegría de quien no tiene nada que perder, porque ya llegué siendo.

Y la vida estalló en la Feria, “Los libros, los lectores, los libreros, las editoriales, el papel, el Retiro. El entusiasmo es alto. También el apetito de pasear allá donde coinciden la necesidad y el deseo, la curiosidad y el hallazgo”… por allí andaba Antonio Lucas pero también Manu, Milena, Laura Ferrero, Cuartango, Muñoz Molina o Elvira Lindo. Ojalá de regreso estos días (hasta el 26 de septiembre) de camino al Buen Retiro a perdernos entre casetas porque allí perderse es encontrarse. Volvimos al mismo hotel cinco años después, cinco años después de aquella carta —Donde estás— que arrancaba con un verso de Ruben Martín. Hoy traigo otro, pa llenar de calor este frío que no duele: “Y ella duerme desnuda sobre la cama, duerme, vive en un sueño / Cuando despierte, el cielo campará por estas calles”.