Erguirse

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Nadie se va a quedar. Ni nada.
Olvidar que estamos de paso y no romperse en las palabras. Habría
que erguirse a cada instante. Siempre. Por los demás.

Me encuentro con la poesía de Fermín Herrero gracias a Laura Ferrero (La gente que no existe, editorial Alfaguara) y me impactan sus versos como una ráfaga de viento áspero —y frío— del Cierzo, los vientos (también) tienen nombre. Aprendo escribiendo esta carta que en la llanura de Aubrac llaman Cantalaise a la corriente gélida y violenta que arrastra nieve. A esa misma galerna, cuya vehemencia nace en las montañas, en Japón tiene nombre de Diosa triste: Yamaoroshi. En el japonés tradicional hay más de dos mil palabras para designar el nombre de los vientos.

Me compro un libro suyo, Sin ir más lejos (poesía Hiperión) llegará mañana. Sigo enfrascado en su lenguaje. Firmo cada palabra de Álvaro Valverde en El Cultural: La sobriedad es ley. El lenguaje, como el paisaje de su tierra: áspero y despoblado, seco, esencial, resistente. El tono, sentencioso. La expresión, austera: “Cuanto más simple, más hondura”. Cuanto más simple, más hondura. En su desencanto también hay alegría: “Únicamente hay luz / en el canto”. Habría que erguirse a cada instante. Pienso en todos los compromisos que llenan de cadenas recias nuestros días, ratoneras del canto. ¿Por qué este constante no querer ver que estamos de paso?

Pienso en un amiga de Laura, anda preparando su boda (lejanísima) y los veo (a los dos) enmarañados en un Yamaoroshi de expectativas, deberes sociales, el vendaval de lo que el resto del mundo (“las familias”, cágate Lorito) espera de nosotros. Intuyo los conflictos, las cicatrices que serán. No lo digo muy alto porque ya vivo bajito, pero ojalá leyeran esos versos, ojalá alzasen su voz frente al séquito de lo esperado, ojalá hagáis en vuestra boda (es que vuestra: de nadie más) lo que os diese la real gana. Porque el tiempo pasará (esto os lo puedo prometer: pasará) y de este ruido tan solo quedará la hondura. Y algún día vuestros padres (ya empequeñecidos, ya sin cargas: solo amor) os confesarán que no hay más que vuestro canto, no lo recordarán (porque la memoria también los abandonará, como una sinfonía que se apaga) pero os darán el consejo que hoy no pueden ver: haced lo que os de la gana. Entonces llorarás pa dentro, entonces te dolerá en las entrañas esta certeza: Habría que erguirse a cada instante. Siempre.