El olvido

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La verdad, no sabía si arrancar esta carta con una certeza o con una pregunta, ¿existe el olvido? ¿existe de verdad el olvido? Recuerdo una reflexión de Enrique Rojas: “No hay felicidad conyugal sin olvido. No hay perdón sin olvido. La fórmula del amor: buena salud y mala memoria”, quién narices soy yo para contradecir al eminente catedrático de Psiquiatría (uno de los más respetados del mundo) y director del Instituto Español de Investigaciones Psiquiátricas de Madrid pero ya ves, Enrique. Hoy he venido a negarte.

Buena salud y mala memoria. El olvido (“perder la memoria de algo o alguien”, o eso dice la Real Academia Española) como vía un poco laxa en esa empresa imposible: pretender vivir una vida sin raigón, un libro sin guardas. De verdad que lo he intentado, ¿quién no ha intentado borrar un recuerdo, tachar un capítulo de su vida con la goma del futuro? Lo he intentado hasta la extenuación y me he negado no tres, sino mil veces: aquello no pasó. Pero la memoria es más alquitrán que oxígeno y quizá pueda dormirse (como un mar de lava glacial, un gigante anestesiado allá en el fondo de lo vivido) pero no periclita, cómo iba a hacerlo. Mario Benedetti niega también al psiquiatra en El olvido está lleno de memoria, editado por Visor.

En el fondo el olvido es un gran simulacro
nadie sabe ni puede / aunque quiera / olvidar
un gran simulacro repleto de fantasmas

No quiero olvidar aquella vez en el parking de Atocha, cuando no supe (no supe, de verdad) ponerme en tu lugar; no quiero olvidar los años oscuros ni cada una de las noches con las persianas bajadas. La carta que no tuve el valor de enviar, el olor (formaldehído y quebranto) del pasillo de aquel hospital y cada uno de los te quiero que no te he dicho. Cada uno es una astilla, mamá. No puedo olvidar el último año de la vida de mi padre, mientras yo miraba hacia otro lado (me tiemblan las manos escribiendo esto) no quiero olvidarlo porque solo desde la aceptación de ese dolor —me ha costado seis años asomarme ahí— puedo construir los andamios de la vida que viene. Hoy sé que no hay primavera sin otoño. Ese es el trato.

No sé si es posible el olvido, profesor: pero yo no quiero olvidar. No hay nada que olvidar. Ni un solo paso.