El juicio disfrazado de consejo

Mayor me hago, menos le pido a un vino / con las personas es justo al revés

Lo pensé tras la charla en torno a la madurez y los pequeños gestos con Joana Bonet; Boris Izaguirre, en la entrevista anterior, deslizó un comentario que todavía me ronda, morena —“a partir de una cierta edad, decir que eres tímido es una falta de educación”. Es que pienso lo mismo, aquí hemos venido a jugar y yo ya no tengo tiempo para brasas.

Lo curioso han sido los mensajes en torno a esta exigencia sin matices con los demás... “¿Pero cómo dices eso, Terrés? Pero si lo único que importa son las personas”. Y me lo sueltan a mí, que prefiero (de lejísimos) a mi gato que a la inmensa mayoría de seres humanos que conozco; en cuanto a porqués, traigo pa regalar. Tarugos que nunca escuchan, fuera. Me juego el pescuezo a que identificáis la etnia —mirada circunspecta, atento a tu discurso pero de aquella manera, contando los segundos para seguir a lo suyo, edificando su relato de mierda: fuera. La falta de educación (no escuchar lo es) en todas sus formas, matices y colores: bien lejos. Casi tanto como el ruido, la hipocresía y el juicio disfrazado de consejo, ¿quién cojones eres tú para decirme lo que tengo que hacer?

Personitas obsesionadas con su familia, fuera. Las casas sin vida (yo ya no quiero vivir en una revista), la tontería de los maridajes y tantos indeseables con la napia al viento (¿para qué cojones llevas una mascarilla entonces, brother?), a tomar por culo. Quien vive copiando —yo estoy hartísimo, con lo bonito que es construir tu identidad con sus caminos a ninguna parte; quien no se vacíe, quien no entienda que la sensibilidad no puede ser nunca una tara.

Leo una preciosa carta de Walt Whitman: “The past, the future, majesty, love... if they are vacant of you, you are vacant of them”. No hay tiempo que perder. No nos queda.