Contradicciones

Esta carta forma parte de la suscripción gratuita a Nada importa. Si te gusta lo que lees (y crees de corazón que merece la pena) quizá decidas dar el salto a la suscripción de pago que incluye Claves para entender, mi reporte dominical donde cabe todo lo que me inspira y me emociona ❤️.

Perdón, soy contradictorio. Recuerdo nítidamente una frase sobre alguna pared en Alfama, las callejuelas desperezándose muy lento sobre un millón de colores: “¿Qué es sin locura el hombre más que un animal sano?”... intuyo en Pessoa un contradictorio con patas. Aquí tienen a otro. Y es que de un tiempo a esta parte ando disculpándome cada dos por tres frente al autor de esta carta (yo) por culpa de este sindiós que es vivir pegadito a la incoherencia. 

Me pasa cuando paseamos por El Club del Gourmet y algo muy telúrico (y muy chungo) me lleva de cabeza al foie, y pienso de corazón que no debería pero es que pues eso; os juro que me preocupa muchísimo esta deriva aterradora del planeta pero más de dos veces he tirado las bolsas de basura en el mismo contenedor por no andar cincuenta metros. Ya está ahí la culpa asomando el gaznate… “¿Qué tal tu día, Terrés? Soy tu culpa y hoy seré tu comparsa en la cofradía del pero qué has hecho”. Ya no me avergüenza admitir que me pirra La isla de las tentaciones (en serio: me gusta, como un gorrino en un charco) pero de ahí a decirlo en alto va un trecho gordo, no vaya a ser que penséis que soy un tarugo. Menudo escritor de mierda. Ningún problema en presumir de Cat Power pero con Rocío Jurado ya tal —qué gracia me hizo lo de Jabois esta semana con Lorena G. Maldonado: “sólo a los hijos de puta no les gusta Rocío Jurado”. Pues un poco, ¿no?

Y me enfurruño con el adolescente que fui porque aquel niñato lo tenía todo clarísimo: menudo imbécil, y me da hasta ternura cuando todavía alguien espera de mí un discurso inflexible: pero si la semana pasada dijiste lo contrario… como si mis contradicciones fuesen un pecado (yo creo que son un espejo, y precisamente por eso te pican) pero es que no lo son, cómo iban a serlo. No te cojo el teléfono pero te quiero, a veces me ahogo en mi desapego y otras soy una folcrórica: joder, que estoy vivo. En algún momento asumí que soy mis certezas pero también (quizá con más razón) mis desórdenes, y tengo claro que aceptarlos es entender la secuencia más importante de esta película. Se llama madurez.