Conflictos con patas

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De un tiempo a esta parte olisqueo una tendencia curiosa: gentes pirándose de Twitter porque allí el burgo anda poblado de antorchas, masa enfurecida todo el rato, la peña enfadada con el mundo (es difícil no estarlo, por otra parte), cuchillo entre los dientes y mala baba por sistema. Insultos a mansalva, trolls sin bozal, mala vibra porque sí.

Me gustó lo que dijo Alec Baldwin en su despedida: “Twitter is like a party where everyone is screaming. Not much of a party” (Twitter es como una fiesta en la que todo el mundo está gritando, eso no es una buena fiesta) y mucho sentido común también en el adiós de Zahara, “produce una incomodidad profunda ver lo polarizado que está todo, el odio que se desprende en muchas interacciones y cómo ha desaparecido cualquier posibilidad de debate”. Es que tiene razón y todavía más razón en ese “pienso que cualquier cosa que diga va a ofender a alguien”, qué pereza tanto ruido. También empiezo a verlo en Instagram, un poco por lo mismo: necesito paz y aquí no la encuentro.

Siempre he pensado que las redes sociales (lo que hacemos en ellas) no son más que la ampliación desmedida y sin matices de partes de nosotros mismos que no siempre reconocemos, esto lo hablo mucho con Laura (y muchísimo con mi loquero, que a ver si vuelves ya de vacaciones: pareces un maestro, colega) un poco como los personajes que tan bien retrata Inside out para reflejar los conflictos en la cabecita y el corazón de Riley: alegría, tristeza, miedo, desagrado, furia y caos. Uno imagina que un fulano violento en la vida “real” (entrecomillo porque las dos son reales) lo será también en el metaverso y viceversa, pero no tiene porqué. Tu sobrino gordinflas, tan dulce y tan tímido los domingos bien puede ser un hijo de Satanás en Twitch cobijado bajo un avatar muy castrense y muy anónimo. Recuerdo una compañera editorial activista en todo lo defendible, leída y sensible: la de horas que dedicaba a insultar a las demás desde ese otro yo que probablemente no admite en el espejo. Porque está dentro.

Es la aparente normalidad de quien dedica su tiempo a meter mierda lo que realmente asusta, ¿verdad? También intuyo que estar en paz con tus personajes (y por lo tanto con tus demonios) es la única manera de reconocer esas partes en los demás. No digo ya disculparlas —son tus movidas, no las mías— pero sí ver ese big picture donde no somos más que un puñado de conflictos con patas. También siento que, cuanto más escucho a mis personajes, menos probable es que estallen donde no deben; no pretendo cambiarlos (no puedo) pero sí entenderlos. Es que tiene razón Donna Leon, “es más importante comprender a las personas que perdonarlas”.

Perdonar es facilísimo, lo difícil (lo verdaderamente valioso) es entender. Mirar sin juicio. Andar ligero, vivir sin culpa.