Celebrar

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Qué agotador el discurso (un poco pesimista, ¿no?) de que el verdadero paraíso está en la infancia y nada más que en la infancia; nunca volveremos a ser el niño que fuimos y tan solo nos queda resignarnos a esta interminable derrota que es vivir, recordar y envejecer. El episodio de la magdalena en Por el camino de Swann de Marcel Proust detalla exactamente (y de una manera magistral) este llenar el presente con los vívidos colores de aquella verdadera alegría que solo es (que solo puede ser) en el pasado: “¿De dónde podría venirme aquella alegría tan fuerte? De pronto el recuerdo surge. Ese sabor es el que tenía el pedazo de magdalena que mi tía Leoncia me ofrecía, después de mojado en su infusión de té o de tila, los domingos por la mañana en Combray cuando iba a darle los buenos días a su cuarto”.

Otro aguafiestas de cuidado es Rainer Maria Rilke, “La verdadera patria del hombre es la infancia”. O sea, que nuestra bandera no sea el placer, ni el amor ni el entusiasmo ni esta piel erizada sino la infancia; pues iros todos a tomar por culo porque yo no quiero vivir pendiente del niño que fui sino hacer inmensamente feliz al niño que soy (que vive aquí dentro) porque lo verdaderamente valioso —y urgente—es dar espacio presente a la inocencia y el júbilo ante cada cosa nueva. La ilusión de quien lo espera todo. El brillo en los ojos. Este hambre de vivir.

Las siestas en junio (y el oleaje de las cortinas mecidas por el viento), el blanc de blancs de Larmandier Bernier y esa belleza (que casi duele) de Alain Delon y Romy Schneider en La Piscina de Jacques Deray. Soleá Morente, aquella mágica secuencia de la bolsa de plástico sobre la pared de ladrillo caravista en American Beauty y la poesía, verbo presente, de Juan Ramón Jiménez. Matthew McConaughey como Rustin Cohle, un pisco sour en el Lemon (de Juan José y Carla en Cales Fonts: familia) mirando el atardecer sin prisa de Menorca y salir a cenar fuera los lunes, todos los fokin lunes.

Sobremesas a la fresca, Dolores de Zahara, tantos viajes de ida y las pequeñas editoriales (Círculo de Tiza, pero también Tres Hermanas o Impedimenta) que siguen pensando que el libro es el mejor objeto del mundo. Lo es. La belleza incandescente de lo posible, decir te quiero a un amigo (yo ya lo hago), el olor del café cuando se despereza el día, Hatful Of Hollow de The Smiths y subir despacito Recoletos hacia Gran Vía buscando el cobijo de la calle Reina al son de las copas en Del Diego, bajo el cielo en llamas de la ciudad más vehemente del planeta. Y este pálpito, ya casi vestido de certeza, de que todo es ahora.

Celebrar que, pese a todo, seguimos aquí. Que quedan páginas que escribir; festejar por todo lo alto que ya casi se intuye este verano impúdico encendiendo la piel. Celebrarlo todo. Absolutamente. Todo.