Azar

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Os juro que yo pensaba que eso de ver una causalidad mágica que conecta todas las cosas era cosa de seres mitológicos, personitas especiales como Lola Flores, mi amigo Alberto o qué se yo, Paul Auster. Una herencia, o sea. Un superpoder con el que naces como dormir fácil, comer despacio o ver la vida bonita pese al espanto —eso que los cursis definen como optimismo pero que en Cai llaman alegría.

No recuerdo exactamente cuándo (ni dónde, es probable que fuese en el Chester del Milford, república de Juan Bravo) precisamente Moreno me dijo que no, que nanai. Que con esa forma de mirar uno no nace, que se hace. En realidad era en respuesta a una confesión: “Oye, que últimamente ando viendo serendipias por todas partes, puntos que se conectan, azares que ya no lo son porque cómo puede ser tanta coincidencia, tronco”. Pedí otro Old Fashioned y dos de patatas, un poco airado. “Que no, Terrés, qué va. La serendipia siempre estuvo ahí, eres tú el que está decidiendo verla”.

Leo en Zenda que a este tipo de coincidencias las llamó André Breton “azar objetivo”; también me gusta lo de disposición receptiva pero vamos a quedarnos con serendipia, ¿no? Teóricamente: el hallazgo fortuito en la búsqueda de otra cosa, pero también el aprecio de lo encontrado –aunque no fuera lo buscado inicialmente. Esta valoración es lo que distingue la serendipia del error. Jueves por la mañana, desayuno junto a dos libros en mi mesa: Gema de Milena Busquets y Ciudad de Cristal, adaptación de la novela de Auster ilustrada por David Mazzucchelli, me gusta mirar sus dibujos. Me calma su perfección. Su gran obra, Born Again, es uno de los cómics de mi vida y vuelvo a él siempre que estoy bajito, cuando asoma la nube negra. Siempre pienso en mi padre cuando leo; en el cómic el padre de Matt Murdock muere para proteger a su hijo de la mezquindad, yo aún sigo preguntándome por qué murió el mío. Hago la bolsa de deporte, meto los guantes que Laura me regaló el martes, 9 de febrero, intenso rojo Daredevil. Él también boxeaba, como David Gistau, releo un artículo suyo que arranca en el estanco de Smoke (de Paul Auster) y me conmueve su cierre, dirigido a su hijo Israel: “Te juro que tú no serás un adolescente enfadado con el mundo por culpa de tu padre”. Gistau murió un 9 de febrero, el día que mi padre me trajo al mundo. 

Tras el entrenamiento, un audio de Alberto: una amiga suya, con la que él ha peloteado el artículo que publicará mañana (a veces lo hace conmigo, me encanta cuando lo hace) le contesta diciéndole que es muy loco y austeriano. Moreno se ríe, ¡serendipia! “¿No te parece muy austeriano que le parezca austeriano algo hoy, precisamente el día que me pides que te mande piezas suyas?” (es lo que hice, tras el desayuno). A media tarde charlo un rato con mi editora, Eva Serrano, hablamos de aquella nube negra, de la joya de Milena y de David, ella editó hace dos veranos su último libro, ‘Gente que se fue’, en torno al dolor de las heridas abiertas. La mía sigue así.

Cuando haces el esfuerzo, y empiezas a ver los hilos que conectan todas las cosas, la vida se viste de literatura. Y entiendes que cada momento está conectado con otro momento, que cada persona y cada gesto (por pequeño que sea) cumple su función en una sinfonía que nunca deja de sonar. Es doloroso, pero bellísimo. Y ves.