Aceptar la derrota

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Ven,
salgamos fuera.
Todavía
nos queda mucho
atardecer.

Es el final de Solo es el tiempo —para Raymond Carver— del gran Karmelo Iribarren, poemas como el suyo ensanchan estos días angulosos, el equinoccio de otoño llegó como llegan las cosas que no piden permiso. Equinoccio, el único momento del año en el que el día y la noche duran exactamente lo mismo: ni más luz, ni más oscuridad. Eros y Thanatos bailando al son de la hojarasca en la estación más melancólica, una ecuación perfecta como aquel equilibro imposible de la canción de Los Piratas. Si es verdad eso de que la belleza es armonía no hay momento más bello que este, no puede haberlo, quizá por eso dice un amigo que hay personas que habitan el verano y personas para las que el otoño es una manta calentita, un abrazo lento tras tanta felicidad imperativa. Yo soy de los segundos.

El otoño me calma pero también me entristece, y no tiene por qué ser algo malo. Es momento (ha sido así siempre) de recoger la cosecha, templar el acero, vendimiar la uva, retomar proyectos grises, devolver al cajón los libros que ya no leerás; llega la consciencia de que el juego terminó, la consciencia de que la vida iba en serio.

No sucede nada, no temas
sólo es el tiempo.

En todo el planeta se suceden las celebraciones paganas: druidas en Stonehenge, mayas en Cihuatán, los Tabernáculos en Jerusalén. Es momento de abundacia, de recoger (de recogerse) para el invierno que llega —quizá por eso el otoño es terreno fértil para tantos locos solitarios, poetas, funambulistas. Yo siempre he pensado que si no sabes estar sola es que, sencillamente, no sabes estar.

Nos ha pasado / como una exhalación
y hemos tenido que arrimarnos un poco / al arcén.
Pero
ya contábamos con eso.

Quizá hoy no tenemos frutos que recolectar pero yo sí lo hago con otras viandas: se llaman razones. Propósitos. Chinchetas en el mapa del placer porque yo me niego (es que me niego) a guardar la candela para quién sabe cuando: no tengo más tiempo que este ahora, no lo hay. È stata la mano di Dio de Paolo Sorrentino, la caza (Dios mío, esa becada de Carlos y Elisa) en La Buena Vida y un paseo cuando se pira la tarde, agarraditos por este Madrid arrebatado. Volver a dónde de Antonio Muñoz Molina, los días de lluvia bajo el mohair —no puedo amarlos más, esta certeza de que me sobran todas las charlas triviales: ya solo quiero entrañas. Saberte perdido, jerseys de cachemir, aceptar la derrota. También hay belleza en la tormenta.

Mira, la noche (allí enfrente,
esperando) aún está lejos.